Para empezar un nuevo día

Habla, Señor, que tu siervo escucha. Soy tu siervo, alumbra mi inteligencia para entender tus mandamientos. Dame un Corazón dócil para escuchar tus palabras y que ellas fluyan en mi alma como un rocío.

Decían, una vez, los hijos de Israel a Moisés: ‘Háblanos tú y te escucharemos; que no nos hable el Señor, no sea que muramos de miedo’.

Antes bien te pido con humildad y con ansia, a semejanza del profeta Samuel, que tu me hables, y yo con mucho gusto te escuche.

Señor, tu eres inspirador y alumbrador de todos los profetas, porque tu solo, sin ellos, puedes instruirme perfectamente, mientras que ellos, sin ti, de nada me servirían.

Tus profetas hablan sabiamente, pero tú me das el espíritu para entenderlas.

Hablan elegantemente, pero si tu guardas silencio, no encienden mi corazón.

Pronuncian palabras, pero tu infundes el sentido.

Predican misterios, mas tu los haces comprender.

Déjame escuchar tu palabra, conocerla y amarla, creer en ella y cumplirla.

Por eso, háblame a mi directamente, porque soy tu siervo y estoy dispuesto a escucharte.

Tú dices palabras de vida eterna.

Háblame, entonces, para consolar mi alma, reformar toda mi vida y para alabanza, gloria y honra de tu santo nombre.

Enciende tus palabras en mi alma. Dame el espíritu para entenderlas, conocerlas, amarlas, aceptarlas y cumplirlas.

Concédeme una noche de silencio a tu lado.

Cobíjame en tu abrazo, haz que descanse en paz, ahora y siempre. Amén.

Tomado de La verdadera serenidad, Tomas de Kempis.